Los datos precisos sobre el nacimiento del arte de cocinar en un horno de barro se pierden en la historia de la humanidad. Su origen se remonta al año 4000 AC en Egipto.
En Argentina y con la herencia de criollos y españoles, su uso se vuelve casi obligatorio en los primeros asentamientos rurales y ciudadanos.
Se los llamaba de barro, dado que era el principal material para su construcción. También conocido como adobe criollo o chorizo campero e interviene en toda la estructura del horno (base, piso, bóveda y revoque) y se convierte gracias a la astucia gauchesca de aquellos tiempos en el primer refractario de materiales que se encuentran perfectamente en cualquier tipo de terreno; tierra negra arcillosa mezclada con algo de arena, paja vizcachera o bosta de caballo, a veces algo de viruta o carbonilla y agua.
Con la paciente mezcla de estos elementos ya sea en pisadero de caballo, a zapa y pala o directamente con los pies y manos, se forma el barro campero usado para múltiples propósitos, entre ellos la construcción de casas, ladrillos, piezas de cerámica o el horno de barro que se puede apreciar en el Patio de la Estación del Museo Municipal.