Tiempos de exploración, conquista, apropiación y asentamiento de los conquistadores europeos en el nuevo mundo.
España y Portugal fueron las primeras potencias marítimas que llegaron a América en los siglos XV y XVI para explorar y explotar estos territorios, siguiéndoles más adelante otros países europeos que establecerían colonias en nuestro continente. León Gieco lo expresa así en una de las estrofas de su canción “Cinco siglos igual”:
En esta parte de la Tierra
la historia se cayó
como se caen las piedras
aun las que tocan el cielo
o están cerca del Sol,
o están cerca del Sol.
La región del Plata
En este marco histórico es que Juan Díaz de Solís, buscando un paso interoceánico que permitiera la comunicación entre el Atlántico y el Pacífico para poder llegar a Oriente por el oeste como no había podido hacerlo Cristóbal Colón al tropezar con lo que después se llamaría América, llegó en 1515 al río de la Plata.
Solís venía sólo con sesenta hombres embarcados en tres naves, y motivado por noticias recogidas en el trayecto acerca de la existencia de oro y plata en unas fabulosas “tierras del Rey Blanco”, ingresó en lo que llamó “Mar Dulce”, desembarcando en un paraje de la actual costa uruguaya del que tomó posesión en nombre de la Corona de España y denominó Puerto de Nuestra Señora de la Candelaria.
Desde ese primer asentamiento se adentró en el estuario e hizo escala en la isla Martín García, así bautizada porque allí se enterró a un despensero de la expedición de ese nombre, fallecido a bordo.
Continuando la exploración Solís fue muerto por aborígenes de la región y la expedición emprendió el regreso a España, pero una de las naves naufragó en el sur de Brasil, frente a la isla Santa Catalina, donde quedaron el grumete Francisco del Puerto y el marinero Alejo García que multiplicaron la leyenda sobre las riquezas de las minas del Rey Blanco.
Hernando de Magallanes sería en 1520 quien hallara la forma de cruzar del océano Atlántico al Pacífico por el estrecho que lleva su nombre y que él denominó “de Todos los Santos”, que separa ex extremo austral del continente con la isla de Tierra del Fuego.
Primer asentamiento español en la Argentina
Otro navegante, Sebastián Gaboto (o Caboto, ya que era veneciano al servicio entonces del rey de España), también fue seducido por las voces que proclamaban el mito de la existencia de unas sierras colmadas de metales preciosos y también abandonó la misión que le habían encomendado y se introdujo en el río de la Plata, remontó el Paraná y subió por su tributario, el río Coronda, hasta la confluencia con el Carcarañá, donde en 1527 estableció el fuerte Sancti Spiritus como base de exploración en busca de las riquezas de las que le habían hablado.
Sancti Spiritus (donde actualmente existe la localidad santafesina de Puerto Gaboto, a unos 130 kilómetros de El Trébol) fue el primer asentamiento europeo en el actual territorio argentino. Duró apenas 823 días, hasta que fue incendiado por los chanáes originarios de la región, pero permitió extender la exploración un poco más al norte por el Paraná y hacia el oeste hasta las Sierras Grandes que forman el límite entre Córdoba y San Luis navegando el Caracarañá y el río Tercero hasta sus fuentes.
La Santa Fe de Garay
En Asunción del Paraguay, donde se habían refugiado los sobrevivientes de la primera Buenos Aires fundada por Pedro de Mendoza en 1536 –Santa María del Buen Aire– y abandonada cinco años después por inhóspita tras los ataques de querandíes y otras naciones aborígenes que así reaccionaron ante el maltrato de los europeos, al vizcaíno Juan de Garay se le encomendó “abrir puertas a la tierra” creando un puerto aguas abajo para abarcar nuevos territorios y facilitar la comunicación con España.
Desandando el Paraná, Garay se introdujo en el río San Javier (o de los Quiloazas como lo llamaban los naturales) y el 15 de noviembre de 1573 fundó Santa Fe en el sitio de Cayastá, dándole el nombre que evocaba a Santa Fe de Granada, el campamento militar con que los Reyes Católicos sitiaron al último bastión del reino moro en España, reconquistando así la totalidad del territorio de la península hispánica.
En el acta de fundación y respetando la real cedula del soberano Felipe V, se la designó “puerto preciso”, o sea escala obligada para todas las embarcaciones que hacían el tránsito hasta y desde Asunción por el Paraná.
Santa Fe, a orillas del río de los Quiloazas, estaba ubicada en tierras de mocovíes, abipones, tobas y otras naciones de la gran familia guaraní, nuestros “indios” del nordeste, y a medida que los vecinos de la ciudad se fueron estableciendo cada vez más lejos (Garay le había adjudicado al enclave una jurisdicción de 300 leguas hacia todos los rumbos, lo que extendía el dominio hasta Córdoba por el oeste, y parte de Uruguay y el sur de Brasil por el este) quedaron expuestos a las incursiones y el pillaje de los naturales que codiciaban los rodeos vacunos de los hacendados, un recurso mucho más fácil para su subsistencia que la caza de animales silvestres.
Al mismo tiempo, las crecidas del río San Javier ponían en jaque a los habitantes de la ciudad que finalmente, al cabo de medio siglo de zozobra y padecimientos, decidieron mudarla a un lugar más seguro.
El sitio elegido fue el que se extendía entre el río Salado y la laguna Setúbal, donde la ciudad fue trasplantada –25 casas, 150 vecinos, el Cabildo, y los templos de las iglesias de los franciscanos, los mercedarios, los jesuitas y los dominicos– con la misma disposición de terrenos y propiedades de la original.
La mudanza duró varios años y lo único que cambió, parcialmente, fue el nombre de la ciudad en el que a Santa Fe se le adicionó “de la Vera Cruz”, en honor a la festividad católica del Santo Día de la Exaltación de la Cruz.
Para entonces Garay había refundado Buenos Aires, a la que llamó “Ciudad de la Trinidad”, poco antes de negociar el repliegue a Córdoba de Jerónimo Luis de Cabrera (que había querido instalarse sobre el Paraná con el Fuerte San Luis) y de morir atacado por los aborígenes en el último viaje de regreso a Santa Fe (La Vieja) desde la nueva Buenos Aires.
Tenía en ese momento el cargo de teniente gobernador de Santa Fe que luego ejerció su yerno Hernando Arias de Saavedra (Hernandarias), casado con su hija Jerónima.
Otra de sus hijas –María– se había casado con Gonzalo Martel de Cabrera, hijo de su antiguo rival y fundador de Córdoba de la Nueva Andalucía, Jerónimo Luis de Cabrera.
Cosas del destino, o de la geopolítica, que, como se ve, no es un invento de los tiempos modernos.