(El Trébol, 1896 – Rosario, 1949)
Retratista, poeta y pintora, Emilia Bertolé nació en la casa familiar de Santa Fe al 800, anexa al negocio de hotel y restaurante de su padre.
En Máximo Paz, adonde la familia se trasladó poco después, comenzó la escuela primaria, que completó en Rosario, adonde la familia volvió a mudarse.
Sus cualidades sobresalientes, expuestas en la academia de dibujo y pintura “Domenico Morelli” del maestro Mateo Casella, hicieron que ganara una beca para completar los estudios que su padre, empleado ferroviario luego de haberse desempeñado con mala fortuna como contratista rural, ya no podía costearle.
En 1915 saltó a la consideración pública cuando, inducida por su maestro, expuso en Salón Nacional de Bellas Artes –en la Capital Federal– la obra “Autorretrato”.
La municipalidad porteña la distinguió también por su obra “Violetas” y le fue encomendado un retrato de Pedro de Mendoza, el fundador de la primera Buenos Aires, que fue enviado a La Habana.
Más tarde también realizaría tres retratos del presidente Hipólito Irigoyen encargados por el gobierno nacional.
En Buenos Aires, donde había sido invitada a residir por la acaudalada familia del médico tucumano Gregorio Aráoz Alfaro, comenzó a retratar personajes de la burguesía porteña en lo que fue el principal medio de sustento económico de ella y de su familia durante toda su vida.
En Buenos Aires se relacionó con figuras de la intelectualidad y la bohemia como Horacio Quiroga, Victoria Ocampo, Alfredo Bufano y Alfonsina Storni, entre otros, formando parte del grupo Anaconda.
También fue miembro del Pen Club, lo que le abrió puertas a nuevas relaciones de la talla de Federico García Lorca.
En la década de 1930 los retratos de sus modelos, entre ellos su hermana Corina, ilustraban tapas de las revistas El Hogar y Sintonía, libros como Mujeres de América y Grandes Músicos y sus obras se encuentran en museos de Buenos Aires, Rosario, Santa Fe y otras capitales de la Argentina.
Varios de los retratos que pintó se guardan el Museo Municipal de El Trébol, donados por su sobrina Cora Cané o adquiridas por la comuna local.
Pero Emilia también puso de manifiesto su exquisita sensibilidad en dos libros de poesías como Espejo en Sombra (1927) y el póstumo Estrella de humo, publicado por la Sociedad Italiana local Estrella de Italia, de la que su padre fue cofundador y presidente.
A El Trébol volvió en muy pocas oportunidades: una vez –dicen– para asistir a una fiesta en la Asociación Española; en 1942 para acompañar a su padre en una visita al pueblo que quiso realizar en su vejez y en 1944 para traer sus restos como fuera la expresa voluntad final de su progenitor.
Al solar natal lo recordó en uno de sus poemas, titulado, precisamente, “El Trébol”:
Han pasado los días del sol ardiente;
de la juventud luminosa y lejana.
Desde este melancólico otoño de mi vida
voy al encuentro del pasado.
Y estoy otra vez en el paisaje de mi infancia,
de mi Trébol amado,
que tantas veces deshoje con mis lagrimas
abatidas de desamparos.
Trébol de cuatro hojas,
símbolo de amor y dicha,
que guarda mi corazón y es por el amor alabado.
Allí viví pocos años, y sin embargo
es como si toda mi vida tuviera su fragancia.
Trébol de mis padres y mis hermanos;
Trébol de los juegos de mi infancia.
Algún día moriré;
no sé dónde, no sé cuándo…
Pero sé que en el instante final
he de agradecer que mis raíces
en mi inolvidable Trébol germinaran.
