Estos árboles fueron plantados en Plaza San Martín en la década del 80.

El timbó (Enterolobium contortisiliquum) es un árbol caducifolio que llega a medir hasta 30 metros de altura. Es nativo del sur de Brasil, este de Bolivia, Paraguay, Uruguay y Argentina.
La copa es grande y frondosa, en forma de parasol, ramas terminales de grosor medio, lenticeladas y de color verdoso.
Tronco cilíndrico, recto, mide hasta 1,6 metros de diámetro; con corteza grisácea y abundantes lenticelas oscuras, con pocas grietas lineales y poco profundas.
Hojas alternas paribipinnadas que miden entre 5 a 20 cm de longitud con una glándula cercana al primer par de pinnas. Pinnas de 2 a 7 pares por hojas de 4 a 10 cm de largo; folíolos 8-23 pares,opuestos, de borde entero y base asimétrica. Pecíolo y raquis de entre 5 y 19 cm de largo.

Inflorescencias de cabezuelas hemisféricas pedunculadas en racimos axilares 10-20 floras. Flores bisexuales de color blanco; cáliz 5-dentado, corola tubulosa 5-dentada de 7 mm de longitud. Estambres numerosos soldados en el tubo. Florece desde octubre a enero. La polinización es entomófila y la dispersión de los frutos es hidrocora.
El fruto es una legumbre que no abre espontáneamente al llegar a su madurez para eliminar las semillas, comprimida de 5 a 9 cm de diámetro y de forma semicircular acorazonada, de color negro, con septos interiores, persistente. Fructifica de enero hasta abril.
Leyenda
Hace ya muchos años, cuando sólo los indios habitaban estas tierras, vivía en pleno corazón de la selva un poderoso cacique llamado Saguáa. Tenía éste una hermosísima hija de nombre Tacuarée, a la que amaba entrañablemente.
Desde que comenzaba el día hasta que llegaban las sombras, y con ellas el reposo, estaba Saguáa pendiente de la muchacha, cuyos menores deseos satisfacía con la más tierna complacencia.

Pero una tarde llegó hasta esas comarcas un apuesto guerrero del cual Tacuarée se enamoró perdidamente. Pertenecía el joven a una tribu establecida muy lejos de allí, y, por seguirlo, la bella indiecita resolvió abandonar a su padre. Más, sintiéndose incapaz de enfrentar el dolor que – demasiado bien lo sabía – iba a causar a aquél, convino con su amado que partirían sin avisarle.
Cuando Saguáa advirtió la ausencia de la muchacha se hundió en la más tremenda desesperación. Corría de un sitio a otro llamándola, sin poder aceptar la realidad. Hasta que en el colmo de la angustia, se lanzó a la espesura de la selva tratando de hallar algún rastro que le permitiera alcanzar a su querida hija.
Inútil fue que los de su tribu intentaran disuadirlo. Él no quería o no podía oírlos.
Y cuando varios hombres, en un supremo esfuerzo por detenerlo, le interceptaron el paso, él los apartó de su camino con la violencia de que sólo son capaces los desesperados. Así, delirante marchó selva adentro sin dejar de pronunciar el nombre de su hija. Las zarzas lo herían a cada paso, pero Saguáa seguía adelante, como si se hubiera vuelto insensible al dolor.
Quizás porque todos los males le parecían pequeños en comparación con aquel que le desgarraba el corazón.
Y lo más terrible era que, en su desvarío, creía oír los pasos de Tacuarée. Por eso, apenas andaba un trecho, se arrojaba ansiosamente al suelo y, con la oreja pegada a la tierra y la respiración en suspenso, escuchaba hasta los más tenues rumores del bosque tratando de descubrir de dónde provenía aquel sonido que lo llenaba de esperanzas.
Pero nada percibía el desdichado, que continuó internándose en los matorrales y echándose anhelante a cada rato.
Hasta que la muerte lo dejó definitivamente tendido, con la cabeza como clavada en la hierba húmeda de rocío y de sus últimas lágrimas.
Cuando tiempo después, los hombres de Saguáa hallaron el cadáver de éste, quisieron llevárselo para rendirle los homenajes rituales y enterrarlo entre los suyos. Pero, en el momento en que iban a levantar el cuerpo, advirtieron con enorme sorpresa que la oreja del costado sobre el cual yacía estaba adherida a la tierra.
Pasado el estupor del primer instante, los indígenas comprendieron que la única solución posible era cortarle la oreja extrañamente unida al suelo.
Y, apenas lo hubieron hecho, quedaron maravillados: ¡la oreja de Saguáa había echado raíces!